Eclipse (cuento)


-El ojo de dios –dijo, mirando el sol rojo que sorbía las sombras, aún
aquellas sedosas de los ojos de ella, su único amor que también sería el
último (porque los vaticinios).
Era tan fácil subir así los peldaños de piedras, con ella respirando a su lado como los pájaros, iluminada por las antorchas de aceite y él podía ver a refilones la piel rojiza y el sudor de su amada llorando sin sufrimiento entre los arañazos de fuego y la fascinación de los hombres, esa muchacha de caricias adivinadas que duraban más allá de la piel y que, ahora sí, en medio del sopor y el delirio del sagrado brebaje cantaba como una niña estremecida y sexual.
Cuando el sol rojo se tragó de un soplo todas las sombras y ya era sólo un anillo de oro en la oscuridad el pueblo suplicó de rodillas al ojo de dios y el aullido llegó a las caderas vírgenes de la muchacha que empezó a girar igual que una flor de ceibo que se despeña al mar desde el acantilado, pero era su cabeza que caía desprendida y después el ropaje y los arañazos de fuego sobre las olas de sus cabellos negrísimos en el agua. Y claro, la sangre en la hoja del cuchillo, entre las piedras, y el grito alborozado de los hombres al asomar de nuevo el ojo de dios sobre el pueblo, que es como decir lo único que importa.
(Amanda Pedrozo)