miércoles, 8 de septiembre de 2010

Paraguayos van a asesorar a argentinos maltratados y/o cornudos

Estamos exportando los primeros expertos cornudos y/o maltratados. Tenía que ser en el corazón de América, en mi querida patria, el Paraguay, un país donde el machismo, a pesar de los pesares y justo por ellos, goza de tremenda salud. Un machismo, por cierto, absurdo. Porque es y ha sido siempre sólo una "dulce" concesión femenina, dado que son ellas quienes han recontruído nuestra nación después de la Guerra de la Triple Alianza. Han hecho varones de los andrajos que quedaron (para no ver sus defectos, las paraguayas siempre supieron ser ciegas y sordas y tartamudas y tontas, como Shakira), han criado niños de cuyos padres ni sabían los nombres -no son pocos los productos de las violaciones durante esa guerra contra Paraguay- y los han criado como si estuviesen por encima de todas las mujeres sólo por ser hombres.
Y no para el baile, a las niñas se las sigue criando para servir a los hombres en todos los sentidos de la palabra, es decir, bajo la suposición ya de que un día habrán de cargar con una rémora, un obstáculo que se llama "marido" y habrán de aguantarlo porque es hombre. A las niñas se les dice que tienen que estar preparadas para todo, por eso crecen fuertes. A los niños se les cría para maridos infelices y cómodos. O si es bueno, simplemente será cómodo. No es de extrañar que en su mayoría sean las mujeres quienes van a otros países a buscar mejoría económica, lo que siempre es un decir. Acá dejan al marido a cargo de los hijos, éstos terminan quedando con la abuela, generalmente. El hogar, dicen ellos, se deshace, porque la esposa manda dinero y cree que con eso ha cumplido (pero no son omnipresentes, así que no pueden estar al mismo tiempo ganando plata allá y complaciendo acá a su hombre).
Mientras tanto, el hombre paraguayo -los hay excepciones, desde luego- emulan a Penélope, tejiendo y destejiendo, en la espera de la que se fue. Lo de tejer es una metáfora (no harían algo tan útil como tricotitas para sus niños y para el abuelito), en realidad, suelen más chupar y deschupar, dedicarse a jugar fútbol en la canchita del barrio, mironear a señoritas hasta donde ellas les dejan y mandar levantar la casita con la plata que la mujer les manda. Si es que no la gastan en pichuchas. En fin, llenan el tiempo como pueden, salvo trabajando. Ya sé, también en esto hay excepciones.
De estas excepciones es que hablo, sin embargo. Hombres que quedaron esperando, esperando, esperando y cuidando los hijos... hasta que reaccionaron más pronto que Penélope lo hizo con su sinvergüenza marido que luego le vino a contar cuentos acerca de Cíclopes, monstruos y hechiceras que le retardaron la vuelta. Ciertamente una interesante manera de excusar los años que tardó en volver al hogar. Lo raro de Penélope no es que lograra engañar a todos con un tejido que no avanzaba nunca, para rechazar a sus pretendientes que ya la creían viuda, sino que realmente no se haya acostado con alguno y si no se quería acostar "pa'no mancillar el lecho matrimonial", que no haya ido a uno de esos matorrales para el asuntito del querer.
Bueno, pues estos paraguayos despertaron de su letargo. Se palparon la piel, se convencieron de que hace rato la palomita se les había ido a otro nido y que no se trataba solamente de mandar dinero a la casa, sino de que en ese trance, ellos habían quedado adornados con hermosos cuernos dignos de figurar en el Guinnes. Las veces -pocas- que algunas de esas mujeres volvieron y vuelven a ver a sus hijos y maridos, resulta que las compatriotas se vienen con muy malas costumbres.
Por ejemplo, hoy día son altaneras ¡responden a sus hombres y alguna llegó a perder la paciencia y a plantarles un tongazo para que aprendan! A la puta que te parió, la concha de tu madre y otras delicatessen es lo que aprendieron. Se españolizaron, o tomaron las costumbres feas de "ashá" y le mandan al legítimo esposo junto a Gardel para que le cante. ¿Podés creer? Concientes ya de esa situación, no faltó un paraguayo con la lamparita prendida, que llevó adelante la primera asociación de hombres cornudos, abandonados y maltratados.
A muchos les pareció chistoso, delirante. No lo era, no es. Esos hombres maltratados capaces de contar sus desgracias (a uno, la infiel le pegaba con palo, otro sufría los embates de toda la familia de la mujer, otro era abusado sexualmente por su esposa, etc.) comenzaron a denunciar los abusos de que son objeto. Uno de ellos denunció que su mujer le obliga a ponerse minifalda y tacos altos para el asunto del amor. Y ya se había cansado, se sentía utilizado, dolido y avasallado como hombre. Se negaba a seguir poniéndose colorete, si no lo hacía, ella le pegaba.
El éxito fue tremendo. Porque resultó que en todo el país hay hombres abusados por mujeres, se callaban por machismo. Hoy día, esta asociación tiene al menos 3 sucursales en el interior del país, los locales fueron regalo de hombres también maltratados pero ricos, que los donaron por agradecimiento a las gestiones del grupo. Y fueron por más. Ahora, viajan a la Argentina los directivos de esta asociación, a pedido de sus congéneres kurepas, a quienes irán a asesorar para que también formen su asociación.
Pero fíjense, ¿será posible que nuestras congéneres argentinas también anden maltratando a sus hombres y metiéndoles cuernos? ¡La concha de la lora!

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