martes, 14 de septiembre de 2010

La importancia de los poemas obsesivos

Una amiga, poco amiga ella de la poesía, me decía que sin embargo, hay poemas que nos acompañan a lo largo de la vida, como un sueño obsesivo, recurrente. Es cierto. "Hay sombras que van conmigo", escribió nuestro querido poeta paraguayo Elvio Romero, desde el exilio, allá por esos años dolientes de la dictadura asesina. Y como las sombras que iban con Elvio Romero, van con cada uno de nosotros los versos que forman parte de nuestra vida, quien sabe porqué. ¿Los elegimos, nos eligen?
Versos de alegría, como los exultantes de Salinas: "¡Plural, todo plural!", etc., o de amor y nostalgia ("siempre, siempre te alejas en las tardes", de la cuasi locura, del placer y displacer, del adiós y de esperanza que es lo último que se pierde. Y poemas para viajar. Versos minúsculos que toman la maleta apenas nos disponemos a viajar, y se van con nosotros. Que suben al autobús, a un avión, a lo que sea, y se meten en nuestros ojos para ver el paisaje que pasa y axiliarnos con las palabras necesarias para describir lo que vemos, o lo que ya no podremos ver nunca. Para suplir a los sueños (porque no todo el mundo se duerme mientras viaja) entonces están allí esos poemas.
Y aunque la poesía no necesita justificarse, porque simplemente es (aunque todo poeta alguna vez intentó definirla) ya bastaría el hecho de que nos acompañan, para que busquemos en los libros aquellos que serán parte de nuestros pasos, los que están a mano siempre que estemos felices, o tristes, o destrozados. Cuando amamos o cuando perdamos el amor, plenos o carentes, siempre nos acompañan. Vigilantes, oportunos, únicos cada vez.

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