lunes, 3 de enero de 2011

No es por competir sanamente, pero en Paraguay...

Alejandro: en Paraguay existía (o existe, pero luego diré porqué no tengo la certeza) un burdel exclusivamente de ancianas, generosas todas ellas, de muy buen humor siempre, dadivosas de cuerpo y espíritu, y regentado por las eximias fundadoras, dos hermanas -no monjas, eh, sino hermanas de sangre- que tuvieron la brillante idea de aprovechar sus dones marchitos ya que un día se dieron cuenta de que las arrugas no significaron para ellas falta de deseo carnal sino mayor apetito aún, así que idearon matar dos pájaros de un tiro (por más que resultaron después ser muchos más que dos pájaros, y tampoco los mataban, aunque por la tarifa los dejaban apaciguados).
Bueno, pues la abuelita Emilita quien era más sargentona que la hermana, Rosa, le dio la noticia a su familia, por entonces de varios nietos y unos cuantos biznietos, diciéndoles que si quieren abuelita que se vayan a llevar a los niños a la casa de su otra abuelita, o que la visiten en el burdel que estaba formando junto con señoras de rodete y pasaditas, pero muy hacendosas del querer y desde luego, con la experiencia que le da a una el tranco del matrimonio ido por razón de viudez.
Formó, pues, su casa, con pupilas que no eran tales, sino sus amigas. Todas ellas habían sido devotas y secretarias de la parroquia, pero dejaron tanto los rosarios como las sotanas del cura, para desvestir pecadores, que es mucho más divertido y deja más dividendos.
Conozco ciertos entretelones de la casa de té de la abuela Emilita, porque cuando trabajaba en una revista junto con Mabel, mi hermana, nosotras éramos quienes buscábamos casos sorprendentes. Me tocó hacer esta nota, fuíme a la casa en cuestión, donde me recibieron con tacitas de té y bizcochitos esponjosos, que era lo que servían a la selecta clientela, a más de algún anís o licorcito. Emilita actuaba como toda una dama, sin duda lo era, así como su hermana, de modales más finos aún. A más de ellas, había en la casa otras 3 divinas señoras, la menor de las cuales -Rosa- tenía 72 años. La mayor, tenía 81, pero no los parecía, era la más divertida y todo le arrancaba una carcajada. Y era de las más solicitadas.
Desde luego aunque después de muchas vueltas, le pregunté a la "madama" Emilita qué es lo que más pedían los clientes. De todo, me dijo, pero que sólo tenían una que aceptaba coito común y silvestre. Las otras, sólo hacían sexo oral o de abuelita. Lo que quiere decir, me explicó ella, que les cumplían el deseo por el que iban: ellas les desnudadaban, les ponían talco, pañal, les daban nalgaditas si se portaban mal, y luego, el clímax, que consistía ¡en amamantarles! O les daban el biberón. Los tipos, señores empresarios en general, o políticos, iban para eso. ¿Será posible? Sí, hasta sacaban su avisito en un medio. Un secreto que me contó Emilita, es que algunos les pedían que les cuenten cuentos, y les canten arrorró, esas cancioncillas infantiles que las abuelas les cantan a los nietos cuando sus mamis los dejan en casa porque van a trabajar, para que se duerman. En fin, me sé muchos detalles que alguna vez escribiré.
Ah, las camas de la casa eran todas con corralito, ya saben, esas verjitas de madera que se ponen para que los bebés no se caigan. Qué cosa. Y decía que dudaba de si aún existía el burdel este, porque presumo que tanto Emilita como sus amigas y su hermana, ya habrán muerto. Así que, a menos que hayan ido renovando las pupilas...

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